Cinco para las Doce.

- ¿Está todo preparado?
- Sí. Si necesitas algo más, no dudes en llamarme.
- Está bien. Gracias. Muchas gracias.
- ¿Estás seguro que quieres hacer esto?
- No. Pero ya es demasiado tarde para arrepentirme... y nada que perder.
- Nunca es demasiado tarde.
- Para mí ya lo es. Gracias nuevamente.
- De acuerdo. Que Dios te acompañe y te cuide.
- Te estaré eternamente agradecido. Adios.

Despierta.

El sonido de un tren me despertó. Por un pequeño instante creí estar en casa, donde todas las noches escuchaba los trenes pasar de madrugada, con una carga y un destino desconocidos para mí, a pesar de haber vivido ahí desde la infancia.
No tardé mucho en darme cuenta lo lejos que estaba de casa.

Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien. Poco me importó que mi cama sea un montón de ropa apilada en el suelo helado, y que mis zapatos, gastados y malolientes hacen la vez de almohada. Aun así, logré dejar de lado las pesadillas y tuve un sueño hermoso. Estaba en un lugar indeterminado, pero que parecía muy familiar. Una pradera de pasto verde y árboles que marcaban un camino hacia una casa de estilo colonial roja, con gente en su interior. A mi lado estaba ella, sentada sobre un banquillo de madera decorando un pequeño jarro con las flores que había arrancado del camino. Tan tranquila, tan bella. Me miró y me dijo tiernamente: "Por fin todo ha terminado." Yo no entendía cómo había logrado llegar hasta ahí, pero dejando de lado todas mis preguntas me sentaba a su lado y juntos veíamos el resultado de su decoración.

Cuando desperté por completo, recordé que hoy era el gran día. Ya han pasado más de tres meses desde que empecé a planear mi huida y tengo todo cubierto. Todo excepto que no tengo la más mínima idea de dónde estoy.